Competencia y Cooperación

 

Suele suceder en nuestro Uruguay políticamente correcto que la acción de cooperar está mucho mejor vista que la acción de competir.

Cuando de alguien se dice que es “competitivo”, en cierta medida se está haciendo un juicio con tinte negativo. Competir no está mal…, en abstracto, pero que alguien sea competitivo, ya es otra cosa muy diferente. Por otra parte, el adjetivo cooperativo es en sí mismo bueno aunque de por sí no debería serlo. Competir y cooperar no son dos opciones por las que se elige, sino que son dos acciones que en cada momento una u otra es la mejor respuesta al problema que se enfrenta. Según la Real Academia Española, cooperar es “obrar juntamente con otro u otros para la consecución de un fin común”, mientras que competir quiere decir “contender entre sí, aspirando unos y otros con empeño a una misma cosa”. Como se ve, una persona habrá de competir o cooperar dependiendo de si el logro que persigue admite ser considerado un fin común o si, por el contrario, necesariamente, se trata de un bien que solo uno u otro puede alcanzar.

Competir y cooperar son dos acciones muy diferentes pero mucho más complementarias de lo que en general se piensa. Tanto sucede en el deporte como en la vida laboral, social o de la cosa pública. Más allá de que hay personas que por razones intrínsecamente personales están impedidas de una u otra acción, lo cierto es que todos cooperamos un poco y competimos otro tanto. Aunque parezca mentira, hasta el percibido como el más competitivo de la clase solo compite cuando le es imprescindible, a la vez que coopera en todo lo que puede. Parafraseando la enunciación del principio de subsidiariedad, el dilema entre competir y cooperar podría resumirse como tanta competición como sea necesario y tanta cooperación como sea posible.

Más cooperativos que competitivos

Todas las culturas muestran un sesgo diferente entre estas dos formas de convivencia. En la zona de indiferencia unas optan por cooperar y otras, en cambio, por competir. La sociedad uruguaya claramente se ubica entre las primeras. No es raro que así sea, es muy propio de las sociedades de herencia ibérica, principalmente las latinoamericanas y también las europeas del mediterráneo. Este sesgo se relaciona mucho con otro que refiere a la adjudicación de la buena o mala fortuna a la suerte y a factores exógenos por encima de lo que depende del esfuerzo y habilidad personal. Lógico, si el uruguayo medio hace un acto de fe en que su éxito depende de la suerte o de terceros, su preferencia por competir no va a ser muy destacada.

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SOBRE EL AUTOR

Jorge Pablo Regent es profesor de Sistemas de Información y Control en el IEEM, Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo, Uruguay. Es contador público por la Universidad de la República, Uruguay; MBA por IAE, Universidad Austral, Argentina; y Ph.D. in Business Administration por IESE, Universidad de Navarra, España. Es además consultor de empresas nacionales e internacionales y miembro de órganos de dirección de empresas comerciales y sin fines de lucro.

 

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