Liderazgo inspirador

 

Parafraseando el célebre adagio, decía el mítico director de orquesta Arthur Nikisch que «los directores de orquesta nacen, no se hacen». Algo parecido sostenía uno de nuestros más ilustres gaditanos, Manuel de Falla, cuando aseguraba que «la música se puede aprender pero no se puede enseñar». En el caso del director de orquesta, esto es una gran verdad; y es lo que hace que la profesión de este peculiar líder musical sea tan difícil.

En los conservatorios y en las universidades de música, el estudiante recibe una formación que constituye la base de su profesión: unos profundos conocimientos de la teoría musical, la armonía, el contrapunto, las formas musicales, etc.; la técnica específica de la dirección de orquesta y de la concertación, así como la familiaridad con las distintas familias de instrumentos y sus peculiaridades. Pero lo más importante –lo que distingue a un director extraordinario de uno vulgar– no se aprende en ninguna escuela. Aquello que hace de él un intérprete con peso interior y con ascendiente sobre los instrumentistas de su orquesta; aquello que le permite ejercer de manera eminente su peculiar liderazgo.

La profesión de un director de orquesta es realmente compleja porque exige el dominio de múltiples y muy variadas competencias: una extraordinaria preparación técnica, don de gentes, experiencia de la vida y seguridad en uno mismo; la gestión del difícil equilibrio entre la exigencia y la comprensión, y una buena dosis de humildad, como vimos anteriormente. Evidentemente, esto no se puede estudiar en ninguna universidad ni escuela. Yo diría que uno lo va aprendiendo jornada a jornada, en la medida en que va poniendo en práctica, con convicción, aquello en lo que cree. Forma parte del propio proyecto de vida, constituye una determinada manera de mirar al mundo. Por eso, el director de orquesta ha de buscar el enriquecimiento personal y profesional en todo cuanto hace. Ha de estar siempre al acecho para extraer las enseñanzas que se encuentran escondidas en los acontecimientos aparentemente más nimios y banales. Jugar un partido de fútbol, tomar una copa con los amigos, cuidar de un familiar enfermo o sencillamente estar con las personas a las que uno quiere, pueden brindar valiosas experiencias para el quehacer profesional, porque nos van dotando de valor interior.

Sólo desde esta perspectiva, se puede ejercer de manera natural y armónica el liderazgo. Se trata de un liderazgo que no tiene que ver con el poder, sino con el servicio. Un director de orquesta sin demasiada experiencia puede pensar que la mejor manera de ayudar a sus músicos es decirles lo que tienen que hacer en todo momento. De este modo, se pueden conseguir algunos buenos resultados en poco tiempo. Sin embargo, a la larga este modo de trabajar erosiona el talento, el humor y la energía de la orquesta. Las orquestas sometidas a esta disciplina nunca consiguen tocar a su máximo nivel. Para que la orquesta dé lo mejor de sí, es preciso que el director le conceda un cierto grado de autonomía y que, por decir así, ceda algo de su liderazgo. Ésta es una ley básica del liderazgo musical, y sólo se obtiene por medio de la madurez y de la experiencia.

Este texto es parte del capítulo 3 del libro “Inteligencia Musical” de Íñigo Pirfano, publicado por Plataforma Editorial y reproducido previa autorización del autor y de la editorial.

Si desea leer el capítulo completo:

SOBRE EL AUTOR

Íñigo Pirfano estudió la carrera de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Realizó los estudios de Dirección de Orquesta, Coro y Ópera en Austria y Alemania, con directores de la talla de Karl Kamper, Sir Colin Davis, Karl-Heinz Bloemeke y Kurt Masur. Ha actuado como director invitado en algunos de los teatros más importantes del mundo. Por su labor como fundador y director titular de la Orquesta Académica de Madrid, recibió el Premio Liderazgo Joven 2011 de la Fundación Rafael del Pino. Ha publicado un ensayo sobre estética (Ebrietas. El Poder de la Belleza) y varios libros e interviene habitualmente como ponente en algunos de los foros más importantes de España, como la Fundación Telefónica, el IESE Business School y la Fundación Rafael del Pino.

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