No hay cambios sin dolorNada como una crisis para hacernos reflexionar sobre la necesidad de cambios. Así como la gran depresión del año 1929 marco el escenario para desplazar al monetarismo y las políticas laissez-faire hacia el paradigma Keynesiano de administración de la demanda, la crisis financiera mundial del 2008 ha impulsado un replanteamiento de las ideas (no necesariamente nuevas) sobre política social y macroeconómica alrededor del planeta.

 

Tal fue el coletazo, que la última crisis financiera del 2008, provocada por las hipotecas de baja calidad y sus respectivos instrumentos derivados de naturaleza especulativa, causaron la remoción del G-7 como el grupo de países líder de la coordinación de políticas económicas globales. Su puesto ha sido tomado por el G-20, grupo que incluye a Brasil, China e India, esta nueva realidad representa el surgimiento de un nuevo grupo de jugadores globales de alto nivel y la aceptación de un nuevo paradigma socio-tecno-económico con criterios más amplios y diversos, pues no solo se trata de poder político y económico, sino también de una competencia global de ideas y modelos.


Lamentablemente el cambio llego con la lacerante realidad de millones de desempleados, fondos de pensiones evaporados, bancos y compañías de seguros e hipotecas quebrados, familias desalojadas de sus casas y costos (entre ellos jugosas compensaciones para los autores de los desastres financieros) pagados por los contribuyentes. Tardíamente las democracias occidentales han remarcado los riesgos de confiar demasiado en la globalización liderada por el mercado y han llamado a una mayor regulación de las finanzas globales.

Precisamente ese criterio ha sido acogido por el Comité de Basilea para la Supervisión Bancaria, comité que en un informe de octubre de 2010 concluye que la crisis financiera mundial se debió, entre otras razones, a la falta de supervisión por parte de los directorios de bancos a sus respectivas administraciones y a la ausencia de esquemas adecuados de control y administración integral de riesgos. Adicionalmente, dicho comité recalca que los grupos financieros con problemas, utilizaron esquemas organizacionales y de trabajo, confusos, opacos y complejos.

Lo más triste es que todo lo que sucedió en el 2008, tuvo su aviso previo. La crisis financiera de los años 90s en Asia Oriental y en América Latina ya desacredito al modelo conceptual del mal llamado “Consenso de Washington”, y en especial al componente aquel que mandaba a los países en vías de desarrollo a respaldarse en capitales foráneos, muchas veces acertadamente llamados “capitales golondrina”.

Justamente en la última crisis financiera, los países de Europa occidental, más apegados a modelos de estados de bienestar, lograron una recuperación menos dolorosa gracias a sus sistemas contra-cíclicos de gasto social, incluyendo sus seguros contra desempleo. En contraste, el modelo de los Estados Unidos de Norteamérica, ha logrado una recuperación parcial sin incluir la mejora de los niveles de empleo, por ello este modelo es cada vez menos atractivo para el mundo en vías de desarrollo, puesto que los electorados de clase media de estos países presionan a sus políticos para que atiendan sus necesidades.

¡Venga el nuevo modelo!

El nuevo paradigma socio-económico parece enfocarse menos en los flujos libres de capital y preocuparse más de las redes de protección social y de apoyar a sus industrias locales. En América Latina los modelos exitosos de Chile y Brasil así lo confirman, también nuestro Ecuador aplica este modelo adoptado por el proyecto político de la Revolución Ciudadana, y aunque en ciertos campos de lo social ha habido avances significativos, en otros, como en el de la inversión extranjera en el sector real, ha habido retrocesos, por lo que aún es muy pronto para calificar como exitosa o fallida la aplicación del nuevo paradigma en nuestro país.

Los mercados libres de capital pueden, en teoría, asignar el capital con más eficiencia. Pero sus gigantes e interconectadas instituciones fnancieras pueden tomar riesgos, como en efecto lo hicieron en el período 2003-2008, que podrían causar inmensas y dañinas externalidades al resto de la economía, daño que las grandes firmas del sector real de la economía nunca podrían causar. Precisamente los esfuerzos del gobierno nacional en el ámbito de las finanzas públicas han apuntado a fortalecer la inversión en el sector real de la economía, y las acciones del Banco Central, del Ministerio Coordinador de la Política Económica y del mismo Banco del IESS así lo evidencian, aunque debo insistir en que los resultados aún no nos permiten llegar a conclusiones.

Una muestra del cambio de modelo radica en el fin de la obsesión por el capital foráneo. Los países que buscaron agresivamente capital del exterior fueron los más golpeados por la crisis del 2008- 2009, tales como Islandia, Irlanda y otros en Europa del Este. De hecho, las “impresionantes” cifras de crecimiento que mostraban estos países durante el 2002 hasta el 2007 eran un espejismo, reflejo parcial de la facilidad con la que conseguían endeudarse y apalancarse, y no era crecimiento macroeconómico basado en fundamentos sólidos.

Otra muestra es el respeto creciente que los países en vías de desarrollo están otorgando a los beneficios políticos y sociales de seguir políticas macroeconómicas orientadas a lo social, lejos parecen quedar los tiempos en que se daba prioridad absoluta a la eficiencia y a la disciplina fiscal, aunque estas llevaran a profundos cortes en el gasto social. De hecho, de un tiempo acá, muchos de los editoriales en la prensa escrita de nuestro país reflejan dicho debate y cambio de perspectiva, aunque algunos siguen predicando la necesidad de regresar a la ortodoxia o a la prudencia financiera y fiscal.

El cambio de paradigma no ha pasado desapercibido por la clase política. Precisamente los políticos, o los candidatos a la función pública en las democracias en vías de consolidación y legitimización, ahora dependen de su habilidad para poder ofrecer y convencer a sus electores de que son capaces de lograr una mayor medida de protección social.

Los ejemplos están a la luz del día. En China, su liderazgo político ya está concentrándose en como implementar un sistema de pensiones moderno y sostenible, y no solo en como generar nuevos empleos, productos baratos, exportaciones y estabilidad. En Brasil y México, los esquemas de transferencia de efectivo hacia los pobres han logrado contribuir a las metas de reducción de la inequidad y a proteger a los más pobres de la última crisis financiera mundial. Todos parecen llegar a la misma conclusión: que los costos fiscales de incrementar la salud universal, las pensiones y otros programas de seguridad social se justifican plenamente. Ecuador no se queda atrás, todos los enunciados anteriores constituyen derechos en nuestra Constitución garantista de Montecristi.

Pero también el tema va por el desarrollo industrial. La estrategia para desarrollar sectores industriales específicos puede ser por vía de crédito barato, subsidios o por medio de la administración estatal de bancos de desarrollo, como lo vienen haciendo China y Brasil. Esta idea ya está también en camino de implementación en América del Sur, el Banco del Sur constituido en el 2007, apunta a contar con un capital de USD $20.000.000.000 (veinte mil millones de dólares), de los cuales Ecuador aportaría con USD $400.000.000 (cuatrocientos millones de dólares), el banco tiene como objetivo apoyar el desarrollo regional.

En Ecuador el gobierno central y también los gobiernos locales están trabajando en crear los mecanismos de coordinación para reducir problemas y barreras que alejan la inversión en nuevas industrias o nuevas tecnologías (léase el reciente código de la producción). El objetivo es enfocar la inversión pública en infraestructura para ayudar a los primeros inversionistas a que superen los altos costos de ser los primeros o los innovadores en industrias nacientes. Aunque todavía no se puede mostrar resultados contundentes y la crítica no descansa, el camino trazado es claro. Tenemos un nuevo modelo y se está aplicando.

¿Una mejor “especie” de burócratas-tecnócratas?

El desarrollo de sectores públicos efectivos y eficientes es uno de los mayores retos que impone el nuevo paradigma. La reforma en el sector público requiere un proceso paralelo de fortalecimiento de la nación, si una sociedad no tiene una clara identidad nacional y objetivos públicos compartidos, los individuos no le serán leales y más bien lo serán con sus respectivos grupos étnicos, gremiales o con grupos de interés que los apoyen. Es por eso precisamente que la Constitución de Montecristi y el gobierno central en Ecuador ha dado mucho énfasis a la necesidad de un sector público nuevo, una “meritocracia” que pueda construirse a partir de los recientemente creados Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, Instituto de la Meritocracia y de la Escuela de Gobierno y Administración Pública.

¿Pero existe una burocracia que sea lo suficientemente capaz y autónoma como para resistir presiones políticas perjudiciales y como para relacionarse productivamente con el sector privado? La mayoría de los casos de políticas industriales exitosas se han dado en Asia oriental, región con una larga tradición de burocracias de naturaleza tecnócratas. Pero para quienes creen poco o nada en la importancia de un sector público regulador, la crisis financiera del 2008, y más atrás la de 1929, claramente han demostrado que los mercados con poca o ninguna regulación pueden causar inmensos costos a toda la sociedad.

Sin duda este tema se presta para “cortar mucha tela” y ciertamente no pretendo agotarlo con este corto artículo ni mucho menos. Hay varias aristas y perspectivas que analizar, entre otras: el rol del mercado en el nuevo paradigma; el nivel de endeudamiento público adecuado; como solventar financieramente las garantías y promesas de la Constitución de Montecristi; como impactan los cambios demográficos y las redes sociales; equidad versus crecimiento, y muchos otros temas. Finalmente, la verdad es que el desarrollo social y económico no es algo que las naciones ricas han regalado a las pobres, más bien es algo que las naciones pobres han logrado y deben lograr por sí mismas.

Ing. Omar Serrano Cueva

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