Si quisieran caracterizar a esta era en una expresión, "de las nuevas tecnologías", "de la internet" y "de la globalización", podrían quedar entre las preferidas. Los calificativos mostrarían la imbricación entre lo cotidiano y la dinámica general.

 Estamos atravesando un periodo en el que la tecnologización y comunicación se convierten en la plataforma transversal en la que nos movemos, estableciendo patrones genéricos mundiales, nacionales, urbanos e inviduales. No obstante, un calificativo, a mi juicio, más macro, pero no menos presente, aparece casi sin darnos cuenta situado en cada tema como una señal: la era de los rankings. Revise y compare. Parece como si necesitáramos saber qué o quién la lleva y qué o quién no. Si bien esta tendencia es concomitante a la naturaleza humana -desde la escuela tenemos una clasificación según nuestras notas o calificaciones- las cosas, personas y entidades tienen una valoración ad infinitum. Los países según un sinnúmero de parámetros y definiciones. La calidad de las instituciones. Los MBA. Las empresas. Los campeonatos deportivos.

Dentro de la infinidad de rankings existentes, uno llama la atención por la suerte de impronta tautológica y el núcleo teórico que conlleva: el ranking de competitividad global preparado por el Foro Ecónomico Mundial (FEM). Es como clasificar según el espíritu de ser clasificado de la mejor manera posible a nivel económico.

El ranking es una suerte de benchmark que compila indicadores que muestran una estructura socioeconómica y cómo esta genera una diferenciación en la economía mundial. En muchos sentidos, esta parametrización resume todo lo que se aprende en la escuelas de economía sobre la sostenibilidad a largo plazo. Hemos llegado a un punto de la historia en el que la diferencia no se marca por las ventajas comparativas sino por las competitivas. Y estas dependen de un conjunto de factores que van más allá de lo estrictamente económico y se sitúan en la esfera macroinstitucional, cultural y social.

Si no fuera por estos factores, no se podría entender por qué los mismos países tienden a ser clasificados de buena o mala manera, con ciertos espacios para mejorar en casos puntuales que, por lo general, registran ajustes económicos, pero también sociales y políticos, que dejan huella progresivamente, como en los casos de China y Zimbawe.

Llama la atención que a la hora de hablar de competitividad, entramos en el campo de un discurso reduccionista en donde pareciera que ser más competitivo tiene que ver con bajos salarios, menor protección social, facilidad de despido, bajos aranceles y, en general, un compromiso con el laisser faire del primer mercantilismo. Lo que claramente, frente a esa visión, queda como un sin sentido cuando los países que ocupan los primeros lugares del ranking del FEM se convirten en el contrafactual de polaridad distinta a la que muchos han definido como la panacea de la competitividad.

Los suizos son un ejemplo notable. El suyo es uno de los países más caros del mundo, sin salida al mar -lo que a priori dificulta su competitividad comercial-, en el que conviven cuatro lenguas distintas y sin prácticamente más recursos naturales que el inigualable paisaje alpino. Y sin embargo, alcanzan a estar consistentemente entre las economías más competitivas, llegando a ubicarse en 2009 y 2010 como el número uno del ranking. Eso es sorprendente para cualquiera que no haya visitado, vivido o trabajado en la confederación helvética. Pero, para el resto, no. Recuerdo que en mi primera visita me llamaba la atención cómo, en la calle, frente a un puesto de paninis, los suizos podían conversar en cuatro idiomas distintos con una versatilidad impresionante. Cómo la hora marcada por los buses, ferries o trenes era respetada como un contrato ineludible. Cómo se les podía hacer preguntas y las respuestas a esas preguntas conllevaban -independientemente de quién respondiera- la mejor solución posible. Y no solo eso: aún recuerdo acompañar a un amigo a buscar un regalo para su hijo. El vendedor escuchó con atención su requerimiento y le ofreció un producto que no era el más caro, sino el que dure más y se acopló mejor a lo que pedía.

Suiza es el mejor ejemplo de lo que significa, a la postre, la competitividad: confianza y versatilidad. Es aceptar y acoger institucionalmente las diferencias, establecer un código común -la credibilidaden el que la sociedad está comprometida y establecer un núcleo cultural que el resto de sociedades que se relacionan con ella valoran.

Juan Jacobo Velasco

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