Un gobernante latinoamericano de los 90's acuñó la frase "gobernar es sorprender", que ilustra un estilo de hacer política distanciado de las instituciones y donde las sociedades tienden a caer presa de decisiones arbitrarias de los liderazgos del momento. En esa perspectiva, y dando por sentado la existencia de una base mínima de instituciones democráticas en nuestros países (elecciones, congresos, libertades cívicas y políticas, entre otras), lo concreto es que las últimas dos décadas se han caracterizado por tímidos avances y varios retrocesos en el fortalecimiento de las instituciones democráticas en varios países de América Latina.

Luego de que fueran superados los autoritarismos y regímenes militares de los 60's y 70's, en algunos casos se instauraron democracias de "baja intensidad", caracterizadas por un amplio margen de discrecionalidad para la acción de populistas o caudillos. La ausencia de instituciones que reduzcan los costos de transacción para los actores políticos ha sido, durante dos décadas, una característica distintiva de las democracias en América Latina y el Cono Sur. ¿Qué factores explican lo anterior? ¿Cómo construimos instituciones democráticas sólidas y al mismo tiempo avanzamos en mejorar las condiciones de vida los ciudadanos?

Los estudios de caso y el análisis comparado recogen diversos factores, entre ellos, las características de la cultura política en los países de la región, las actitudes autoritarias de una parte de la población y los efectos de largo plazo de los regímenes autoritarios en las actitudes de los actores y las sociedades. Otras explicaciones se centran en el rol del presidencialismo como forma de gobierno predominante en América Latina. Los presidencialismos que entregan un mandato excesivamente amplio al Ejecutivo, y no dotan de frenos y contrapesos al sistema, tienden a privilegiar los liderazgos del momento por sobre las instituciones de largo plazo. Esa es la disyuntiva que enfrentan nuestros países, y de la cual depende la estabilidad de la democracia y, al final del día, el avance hacia el desarrollo.

Diversos estudios sustentan lo anterior. El trabajo del Banco Interamericano de Desarrollo (La política de las políticas públicas, 2006), da cuenta de la importancia de contar con instituciones sólidas que sustenten el proceso de formulación de políticas y permitan que éstas no sean modificadas al arbitrio de cada nuevo gobierno como quien se cambia de ropa. En su clásico trabajo Democracy and the market (1991) el politólogo Adam Przeworski destacaba la importancia de que existan instituciones imparciales que regulen el conflicto entre los actores políticos. Para este estudioso, la incertidumbre es parte de la democracia, en tanto lo único cierto para todos los actores son las reglas de juego (el sistema electoral, la duración del mandato presidencial, la Constitución y las demás normas), mientras que los resultados (quién ganará la elección, que política pública se aprobará y cuál no) no son conocidos de antemano, y dependen de los recursos políticos y las negociaciones en el Congreso.

59% de los latinoamericanos cree que "sin partidos no puede haber democracia"

Hasta aquí sólo hemos hecho referencia a la importancia de contar con reglas de juego claras y evidentes. No obstante, es fundamental que centremos nuestros esfuerzos en dar tiraje a la chimenea en materia de liderazgos. El temor a caer en las manos de caudillos o populistas no debe llevarnos a omitir la importancia de contar con liderazgos positivos y constructivos en el congreso y en los partidos. ¿Cómo lograr un equilibro entre instituciones sólidas y liderazgos que conduzcan el proceso político? La respuesta está en los partidos políticos. éstos son claves al momento de reclutar y formar liderazgos que representen a los ciudadanos en las alcaldías o municipios, en el Congreso, en las federaciones de estudiantes, etc. Cuando los liderazgos políticos provienen fuera de los partidos (los denominados outsiders), y se forman en los cuarteles o en los grandes grupos económicos, aumenta la probabilidad de que éstos, una vez que obtienen cargos relevantes, como la presidencia o bien en la asamblea, operen con lógicas poco democráticas. Los partidos son las instancias de representación por excelencia de las democracias, y por ende, resultan claves al momento de formar a quienes representarán a los ciudadanos.

Lamentablemente, los partidos no son, hoy por hoy, las organizaciones más valoradas por los ciudadanos

Un segundo elemento resulta clave al momento de apreciar la importancia de los partidos para la generación de liderazgos y el buen funcionamiento de nuestras democracias. ¿De qué se trata? Los partidos institucionalizados proporcionan plataformas programáticas que se traducen en propuestas de política pública en diversas materias, dotando de contenido a la relación representativa entre los electores y los líderes parlamentarios y presidenciales. Lo anterior, sin perjuicio de que también existen, y la experiencia de las dos últimas décadas lo demuestra, partidos caudillistas que sirven como instrumento para acceder al poder, pero carecen de estatutos, reglas, instituciones internas y mucho menos de programas coherentes y estables que les permitan conectarse con las demandas y las necesidades de la ciudadanía.

Lamentablemente, los partidos no son, hoy por hoy, las organizaciones más valoradas por los ciudadanos de nuestros países. Tanto en las democracias andinas, en las de Centro América y en aquellas del Cono Sur, los partidos son las instituciones en las que menos confían las personas, incluso muy por debajo de la policía, las Fuerzas Armadas, la iglesia y los medios de comunicación. El reporte de Latinobarómetro de 2010 muestra que pese a los avances sustantivos en diversos campos, la debilidad de la política y la desconfianza en las instituciones y sus actores constituye un "talón de Aquiles" del proceso de consolidación de la democracia.

¿Cómo construimos instituciones sólidas y liderazgos positivos sin partidos valorados y respetados por la población? Una forma de abordar el problema es entendiéndolo como un círculo vicioso, pero factible de ser transformado en un círculo virtuoso. Los partidos ven deteriorado su vínculo con la ciudadanía cuando se transforman en maquinarias para acceder al poder y distribuir los recursos públicos, y dejan de lado su función representativa. Ello ocurre cuando la conducción de los partidos clausura toda posibilidad de debate y confrontación de posturas, no existe espacio para la renovación de los liderazgos al interior de las organizaciones partidarias, y las únicas noticias de los partidos en la prensa y la televisión dicen relación con casos de corrupción, mal uso de fondos públicos o disputas entre facciones. El desplome del sistema de partidos venezolano en los 90's ilustra la importancia de contar con partidos inclusivos y sostenidos en contenidos y propuestas para la ciudadanía. Cuando los partidos existen sólo para servir de "correa transmisora" de intereses o prebendas, o bien están ahí para que tal o cual caudillo los utilice a su antojo, éstos dejan de cumplir una función representativa y comienza el círculo vicioso señalado.

¿Cómo transformamos lo anterior en un círculo virtuoso? Primero, los partidos deben mejorar su conexión programática con la ciudadanía. Ese es el único camino para que mejore la percepción pública de éstos y los niveles de confianza que depositan las personas en las fuerzas partidarias de cada país. Es decir, anteponer las ideas y las propuestas sobre las disputas y querellas entre líderes o tendencias al interior de cada partido. Una vez conseguido lo anterior, los partidos serán más atractivos como espacio de proyección política para nuevos liderazgos, que vayan contribuyendo a una renovación continua de la oferta política.

La demanda es clara, las encuestas regionales muestran que las personas quieren contar con líderes preocupados de superar los problemas históricos de nuestras sociedades (pobreza, educación, infraestructura, etc...) y avanzar hacia el anhelado desarrollo. La frustración, desesperación y las demandas insatisfechas por gobernantes mediocres en ocasiones vuelcan a nuestros ciudadanos a cifrar sus esperanzas en caudillos iluminados que prometen el oro y el moro, pero a costas de pasar por encima de las instituciones y llevar adelante políticas de corto plazo que son borradas de un plumazo por el gobierno siguiente.

El gran desafío que tienen los partidos en nuestra región es adaptarse a los cambios sociales, económicos y culturales de los últimos 20 años, incorporando también las nuevas tecnologías y herramientas digitales, especialmente significativas para los más jóvenes.

Queda mucho por hacer en materia de instituciones. La opinión de los habitantes de la región da cuenta de los problemas que enfrentan nuestras democracias. El Latinobarómetro 2010 muestra que sólo un 59% de los latinoamericanos cree que "sin partidos no puede haber democracia". Un 26% responde estar interesado en la política y sólo un 16% cree que los partidos son un buen camino para influir en las decisiones de los gobiernos. La confianza en los partidos es bastante baja. En Perú, por ejemplo, sólo el 13% de los entrevistados confía en ellos, en Ecuador el 20%, en Chile el 23% y en Argentina un 21%, por mencionar sólo algunos casos. Estos datos demuestran la urgencia de hacer cambios en la forma de hacer política, y en el rol que juegan los partidos políticos en la actualidad.

Lo que planteamos aquí es avanzar en una ecuación entre instituciones y liderazgo. Las instituciones deben servir como marco para la acción política, evitando la discrecionalidad que muchas veces observamos en América Latina, y que no acarrea como consecuencia otra cosa más que frustración, expectativas insatisfechas y conflicto social. Como se señaló, los partidos deben ser la plataforma para que los nuevos líderes entren a la arena política.

Ello requiere cambios sustantivos en el formato en que éstos operan en la mayoría de los países de la región. Primero, avanzar en fortalecer su dimensión programática, dando mayor prominencia a las propuestas e ideas por sobre las disputas internas. Segundo, permitir y promover el ingreso de las nuevas generaciones, que son los segmentos que muestran mayor distancia y resquemor de los partidos y, en algunos casos, con la misma democracia. Así, avanzaremos en fortalecer las instituciones democráticas y, al mismo tiempo, permitir la entrada de nuevos liderazgos.

El gran desafío que tienen los partidos en nuestra región es adaptarse a los cambios sociales, económicos y culturales de los últimos 20 años incorporando también las nuevas tecnologías

Cristián Monckeberg. E

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